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Educación esencial vs educación superficial

Actualizado: 5 mar 2023


Si seguimos indagando en nuevos enfoques o paradigmas educativos, posiblemente signifique que la educación es mejorable. A lo largo de la historia uno de los lemas de la educación ha sido, y es, adaptarnos a la sociedad que habitamos. Y es real, en parte, porque ¿Cuál es el sentido de adaptarnos a una sociedad enferma? Esta era una de las múltiples preguntas que se hacía Krishnamurti, uno de los seres más despiertos en cuanto a temas existenciales relevantes. No podemos educar para adaptarnos, sino para sanarnos. Y es en este punto donde resulta crucial aclarar algunos conceptos como punto de referencia.


Cuando educar es sinónimo de instruir, o acumular conocimientos y acciones, estamos dando continuidad a los imperativos sociales. Nos estamos estancando en el enfoque superficial o pragmático de la educación. Es una parte, pero no el todo. Necesitamos saberes competenciales. por supuesto. Sin embargo, las competencias se vuelven estériles sin la mirada esencial, que a diferencia de la funcional, no es demandada por la sociedad. Se trata de una parte de la educación, pero no representa el todo. Es la porción más pequeña y visible. Aquella, convencida de que hacer y tener simbolizan la sabiduría. Un saber abanderado por docentes-dispensadores de currículum.


La educación esencial, profunda, inmensa, invisible y atemporal, conforma el otro enfoque. Aquel que nos consolida frente a los cambios sociales y, cuya mirada apunta a vaciar, desaprender, ralentizar y minimizar. El ámbito esencial, a diferencia del pragmático no es demandado por la sociedad. En cambio, es el que nos armoniza y brinda sentido vital. Desde esta perspectiva el educador tiene como misión generar conciencia, pero ¿cómo generarla en los demás si no se tiene de uno mismo? La educación consciente demanda de un autoconocimiento ilimitado, que nos direccione al derrumbe del ego y a un encuentro profundo con el ser.


Los educadores tenemos el deber y privilegio de promover el cuestionamiento de todos aquellos patrones sociales estériles que están necrosando el sentido de la vida. Un darse cuenta de nosotros mismos; el autoconocimiento como camino. Llegados a este punto, el derrumbe del ego representa una labor inaplazable. La labor del docente sensato radica en ayudar a tomar conciencia de nuestros cerebros, rumiadores de ideas ajenas con las que nos hemos mimetizado. Dedicar tiempo a silenciarnos para darnos cuenta del incesante flujo de pensamientos, etiquetas, acciones y sentimientos que no nos representan, se convierte en el hilo conductor de la educación consciente. Deshacer dogmas tras los que nos parapetamos para explorar nuestra más auténtica esencia, implica dejar a un lado la seguridad del rebaño, y esto, provoca miedo. Asumir esta desfosilización nos confronta. Solo ciudadanos valientes y lúcidos encaran el cambio. Una batalla que dejará cicatrices, pero en ellas anida nuestra valentía.


La libertad emana del autoconocimiento. Ser libres no es hacer lo que queramos, sino saber desde dónde lo hacemos. Vivimos presos del intelecto, dando la espalda a nuestra parcela emocional, intuitiva y espiritual. Esta cara de la moneda ni compra ni vende. No produce ni da beneficios. Quizás por ello, no interesa considerarla desde las instituciones educativas. La inteligencia verdadera tiene que ver con la percepción de lo esencial. Desde el enfoque superficial, la sabiduría radica en embutirnos de conocimientos. Por contra, el paradigma esencial perfila una sabiduría que tiene que ver con la renuncia del yo. Entendiendo por el yo la máscara del ego. Todas aquellas ideas que nos hemos creído ser para sentir el cobijo de la sociedad, al que nos aferramos por temor a quedar a la intemperie. A la intemperie ya estamos. El techo de nuestra sociedad está roto. Y a través de él nos llueve un flujo descontrolado de insensateces ciegas y necias, resultado de guerras egocéntricas.


El bagaje profesional no se adquiere con cursos esporádicos ni por ser licenciado en una disciplina.¿Cómo es posible no encontrar ni rastro de autoconocimiento en la comunidad educativa? La esencia, la pedagogía radical (como la denomina el profesor Agustín de la Herrán Gascón) la integran aquellos aspectos invisibles y profundos que dan sustento al árbol. Sin las raíces del ser, sin la savia del autoconocimiento, no hay fortaleza vital.


La educación meditativa ofrece una puerta hacia dicho autoconocimiento. Una educación entendida como un acto de amor que facilita al individuo despertar y abrirse al mundo desde su incumbencia vital. Darnos cuenta y observar con profundidad y mirada pausada nuestro ser y cuanto nos rodea sin juicio, es un acto de comprensión. En esto consiste la educación meditativa: contemplar para comprender. Comprender sin mente, sin apego. nos adentra en la búsqueda de sentido, única, intangible e intransferible. Comprender no es identificarse con saberes, memorizarlos o interpretarlos, sino desapegarnos de ellos. En el vacío, en la nada anida la paz.


La educación esencial nos conecta con la inteligencia espiritual, la más primordial de todas. Aquella que se interrelaciona con el resto de capacidades, las atraviesa y las pone a merced de la nada. Y es en este vacío donde emerge la belleza (necesidad vital que más allá de sensaciones tangibles, está hermanada con la sublimidad que conlleva vivir). No guarda relación con la cantidad de conocimientos, sino con una actitud observadora proclive hacia lo que bajo nuestro criterio propio genera apertura y pertenencia a la vida. ¿Y acaso no es este sentir de lo bello lo que nos vincula a la vida, otorgándole sentido?


Necesitamos, por tanto, escuelas exuberantes en conciencia plena donde las raíces sean la autoobservación, la reflexión, el elogio al error, la meditación, el silencio, la lentitud y el encuentro con el ser, para que el miedo no se convierta en la soga que asfixie nuestra libertad. El autoconocimiento es el comienzo de la inteligencia. Diluye el miedo y abre las puertas al amor.


Urgen docentes que se salgan de los márgenes del intelecto racional y pintarrajeen fuera de la hoja con trazos saturados de intuición, consciencia, amor y belleza; que hagan de la educación consciente un camino tan inagotable como incorruptible.

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